Derecho a fallar: una charla con Mónica Navarro

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Mónica Navarro (Valencia, 1984) no es amiga de las cámaras y nos lo hace saber nada más llegar: “llevo despierta desde las 5 de la mañana, soy inquieta por naturaleza y muy cabezota; ya os digo que esta entrevista me va a costar, pero no os preocupéis, que saldrá”. Habla acelerada y no espera respuesta.

Cuadrar fecha y hora para la entrevista no fue fácil. Mónica es una mujer que tiene claras sus prioridades y antes de Gamuza, la firma de artículos de cuero artesanales con la que está irrumpiendo en la moda valenciana, están sus hijas y su familia: “Antes eras madre o empresaria. Ahora no queremos renunciar a nada; aunque reconozco que no todas las mujeres tienen la suerte de poder tomar esa decisión. Yo lo tenía clarísimo. Es complicado, sí, pero ahora más que nunca es cuando se necesita reivindicar la conciliación y el papel de la mujer-madre trabajadora”.

Lejos de autoproclamarse representante de ningún colectivo, Mónica habla a título personal del sentir de toda una generación de mujeres. Y es que Gamuza, en cierta forma, nació de ese despertar personal y profesional. “Fue por un burnout. Cuando petas, cuando estás harta de tu trabajo, cuando no sabes gestionar la maternidad, cuando no sabes nada… Te pasas el día llorando. Entonces pedí la baja y empecé a coser y fue terapéutico. Fue lo que me salvó realmente”, recuerda.

Los ojos se le han puesto rojos y llorosos, y la voz que antes no dejaba espacio para la réplica, ahora es un susurro cálido y vulnerable. Pero como alguien poco acostumbrada a la autocompasión, la artesana vuelve a la carga en apenas segundos: “Gamuza es un es un trabajo hecho a medida, hecho a mí, a mi persona, a mis capacidades. Y ahora estoy feliz. Al final Gamuza ha sido un proceso de autoconocimiento”, afirma mientras deja escapar una sonrisa de alivio y cierto nerviosismo.

El cantante Macaco decía que volver al origen no es retroceder, es andar hacia el saber. Y Mónica es prueba de ello. “Hace más de 75 años se fundó la empresa de mi familia, que es de curtido, de piel. Por eso en casa siempre he tenido pieles y retales. Mi padre me traía a casa trocitos de piel y como a mí se me daba bien trabajar con las manos, – siempre he sido muy habilidosa- me gustaba lo de la moda, crear, inventar…”.

Veinte años separan a la niña que hacía cinturones y pulseras con cuero para sus amigas y la mujer que dirige una marca personal con conciencia social. Gamuza es sostenible y Mónica no trabaja cualquier piel. Así lo explica ella: “Yo uso lo que se llaman pieles de deshecho. Esas pieles están curtidas y trabajadas para producto final, pero por pequeños desperfectos que suceden en la fase de producción de curtición o que tiene la propia piel – a lo mejor el tono de color está un poco subido-, el cliente final no la quiere. Estas pieles se van acumulando y se tiran a la basura, lo que acarrea un coste muy alto y contaminante. A mí esto me parece algo muy triste y pudiendo hacer cosas tan interesantes con estas pieles como darles otra vida, devolverles el valor, hacer nuevos productos”.

Y tras una breve pausa, sentencia: “La piel es imperfecta, ¿no? La materia prima es imperfecta, la madera es imperfecta. No tiene porqué ser nada perfecto. ¿Por qué no unirnos todos un poquito en la perfección de la imperfección?”.

La claridad acompaña a la artesana a lo largo de su discurso. Reconoce que hay un aumento en la madurez de los usuarios a la hora de valorar productos hechos a mano, pero esto todavía no se traduce en ventas.

Gamuza está teniendo un crecimiento orgánico, según su creadora, y dentro de ese proceso, entra WayCO.

Hace más de dos meses, Mónica presentó su proyecto a la beca WayCO para, entre otras cosas, tener un puesto de trabajo fijo en el coworking durante un año. Y Gamuza ganó. “Yo paso muchísimas horas en el taller, pero como es mi propia casa, al final las horas se hacen muy largas, te confundes, se te acumulan tareas, todo se va mezclando… Ahora en WayCO puedo organizarme mejor y hacer todo lo relacionado con el ordenador- edición de fotos, emails, etc. Es un espacio de paz que me dedico mucho a mí, me da amplitud y me ayuda a relajarme y concentrarme; es un lugar inspirador. Y además, ¡puedo socializar!”.

 

Créditos:
Vídeo: Raquel Cambralla
Diseño gráfico e ilustración: Adrien de la Celle.

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